Darse cuenta

Darte cuenta de que algo va mal. De que ninguna experiencia buena es suficiente para llenarte, de que siempre estás entretenida en compañía… pero triste en soledad.

Darte cuenta de que solo piensas en el peor lado de las cosas, de que te montas tus historias, de que eres emocionalmente, totalmente, dependiente. Darte cuenta de que no confías en que algo saldrá 100% bien, en que nadie estará 100% ahí. De que te culpas ante todo, de que huyes de la gran masa, del compromiso y de lo nuevo. De que los problemas de tu infancia, sumados a los creados al vivir hasta los 23 con padres que han estropeado muchas cosas, y dejado incompletas otras tantas, son la raíz del gran problema.

Darte cuenta de que ves el mundo de forma distorsionada, y de que en casa siempre te lo han dicho; de forma despectiva. Pasar lista de todos los insultos y desprecios que has oído tanto dentro como fuera del “hogar”, y entender al fin que existe un problema. Destapar que los ratos de alegría histérica son la tapadera de las lágrimas que vendrán cuando logres quedarte a solas.

Darte cuenta de que, probablemente, llevas toda tu vida empujando una depresión de caballo…

Adoptar

…un animal, y más concretamente un gato. Es complicado, y parece que nunca lo haces lo suficientemente bien. Lo primero es huir como sea de las grandes tiendas de animales, donde te soplan 300, 500, 800 euros… por quedarte con un animal que ha sido específicamente criado para venderlo a cambio de un dineral.

Lo segundo… lo segundo es acudir invariablemente y a toda velocidad a una protectora. Nada de preguntar si alguien acaba de tener crías de las que no puede hacerse cargo, que para eso siempre hay tiempo. Luego, si vas a una protectora… debes coger a un adulto, por supuesto, que los pequeños son los más demandados y siempre habrá otra persona que se quede con ellos.  Así que lo tuyo es un adulto de perrera, gatera o protectora.

Pero… y por qué no te quedas con alguno que esté enfermito, el pobre… Esos es más difícil que tengan salida, ¡sé buena persona! ¡Ah, y que sea hembra sin esterilizar, que eso es algo muy cruel.

Más allá de todo esto, lo de adoptar a un animal es todo un universo. Preguntar por email es poco práctico (sobretodo si buscas a una cría sana, las más cotizadas), ya que a veces lo que tardan en contestarte… es lo que tardan en llevarse al gatito. Y tú te comes más de un “justo hoy/justo ayer vinieron a por él”.

Muchas protectoras confían en hacerte cambiar acerca de la edad, el tamaño y las características en general del gato que buscas, así que te animan a que vayas allí presencialmente a ver “todo lo que tienen”. Como, además, siempre hay dudas sobre la fecha de nacimiento del cachorro, la edad es algo que siempre te redondean hacia abajo. Como si de un catálogo de ropa se tratara, y no de seres vivos que han sido maltratados y abandonados. Personalmente, me fue duro ver cómo algo que debería ser tan humano… realmente solo se basa en escoger a dedo al animal más bonito.

Tras un par de semanas de preguntar aquí y allá me quedé con un macho europeo de siete meses (creo), pero de eso ya os hablaré otro día. El primer gato que tengo… tras 23 años de pedir uno.

Una cosa a la vez

Hay momentos en que es necesario reconocerlo: nada es previsible. Puedes pasar semanas de plena calma, neutralidad y aburrimiento, pero de repente… Un par de puertas y tres ventanas se abren delante, y tú decides (de forma correcta) que deseas lanzarte a través de cada una de ellas.

Alguien me dijo alguna vez que destinas más tiempo a repasar mentalmente todo lo que debes hacer, que a hacer cada una de esas cosas individualmente. ¡Y es cierto! Tengo la mala costumbre de repetirme durante toda mi jornada laboral: a la vuelta he de pasar por la tienda, a la vuelta he de acordarme de meter esto en el bolso para tenerlo mañana. ¿Cuánto rato invierto en pensarlo, distraerme y estresarme… y cuánto en llevar a cabo cada acción? Con una comparativa de tiempo se ve muy rápido: es un comportamiento tan frecuente como absurdo.

Yo no puedo evitar darle vueltas hasta al más mínimo detalle de mi “lista de tareas pendientes”. ¡Que muchas veces es incluso algo tan simple como mandar un mensaje a alguien o poner una cinta métrica en el bolso! No dejan de aparecerme canas…

Aunque no sé cómo controlar esa ráfaga constante de pensamientos, que consideraría casi esquizofrénicos, hay algo que me suele funcionar. Cuando se me acumulan demasiadas cosas en la cabeza y no puedo concentrarme en nada, apunto donde sea todo lo que tengo pendiente. Una hoja, mejor que un cacharro electrónico. Si sé que está en una hoja, que a su vez está en un sitio visible para mí, sé que está a salvo.

Solo entonces puedo sacarlo de la cabeza, como quien pone un largo hilo blanco en el pensadero.

Jugando a ser adultos

En serio, ni puñetera idea de lo que hago. Una burda maquinaria dentro de mí me dice que tengo 23 años y que debo seguir el camino marcado por millones de personas antes que yo, y por otros tantos millones que vendrán después. Sacarse el carnet, comprar un coche, ahora independizarse. Todo me parece una maldita locura mientras mi mano traza otra firma sobre el papel.

Hoy me han dado las llaves de mi primer piso de alquiler en Barcelona (la experiencia que tuve con pisos e independencia en el Erasmus, por ahora, vamos a dejarla al margen de todo esto). La firma ha sido en casa de la propietaria, una señora “clásica catalana” de sesenta y tantos, que vive en un casoplón de la zona alta barcelonina, y que muy amablemente nos ha contado cosas de sus hijas y nietos mientras leíamos el contrato y lo firmábamos con unas pastitas de por medio. Muy surrealista todo.

Las llaves suenan en mi bolso. Son unas llaves extrañas, demasiado ajenas… de MI casa. Después de un día de locos y de estar totalmente descentrada, actuando por impulsos y con pequeños arranques de felicidad absoluta… el breve viaje en coche me ha devuelto una tristeza que ni tan siquiera sé si es real. Llevo tantas semanas sintiéndola… Es como si mi vida no fuera mía, como si no nada me hiciera sentirme plena, como si no tuviera nada más que un vacío inmenso dentro del cuerpo…

Y otra persona mueve los hilos de mi vida, agita mis manos, presenta mi firma y mi tarjeta de crédito.

El (auto)control

El otro día veía la película “American Psycho” y pensaba: Lo raro es que no estemos todos así.

Ser humanos, al menos hoy en día, significa realizar un ejercicio de contingencia constante. Tenemos en torno a una docena de estados de ánimo con un centenar de pequeñas variaciones, que se convierten en miles si añadimos los sentimientos, las emociones y las sensaciones que experimentamos constantemente. Desde el cambio de sensación que nos provoca el pasar de andar bajo el Sol a entrar en un callejón en sombra, hasta el suave giro de los acontecimientos de cuando trabajamos de forma concentrada y minuciosa en algo… y que deriva hacia la leve, modesta y exacerbada frustración cuando el trabajo se empeña en no salir bien.

Quizá por eso hay tanta gente que se engancha al deporte, porque así se cansan lo suficiente como para no poder pensar más allá del dolor físico, del dolor real, que tienen sus cuerpos. El deporte no deja tiempo para los recuerdos ni para todas esas moscas que zumban en el interior de la cabeza.

 

A mí no se me da bien el (auto)control. No sé canalizar las emociones, y todo lo que llega de forma abrupta… de forma abrupta se queda en mi cuerpo, como un quiste que espero a que se vaya solo. Si lo aprieto, por el contrario, la suciedad del quiste sale disparada en todas direcciones; de forma abrupta.

Muchas situaciones me ponen nerviosa, pero nunca recuerdo aquello de cerrar los ojos y respirar en profundidad. Muchas situaciones me dejan triste y desconforme, pero les doy un manotazo y me digo que ya se irán.

Mientras tanto, dentro de mí, un bulto negro se va expandiendo…

Las canciones tristes

Cuando le preguntas a alguien por sus hobbies, el concepto “escuchar música” es algo que siempre, siempre aparece… a no ser que lo considere algo tan esencial a la existencia humana que llamarlo hobbie sea casi insultante, y que por ello piense en la música como algo equiparable al beber agua o respirar.

Hay millones de canciones, millones de cantantes en todo el mundo. Pero las canciones hablan de sentimientos comunes al ser humano, de cosas tan básicas y a la vez tan complicadas como el amor, el crecimiento personal, la tristeza, la soledad…

Cantar una canción triste nos pone tristes, y en algunos casos incluso nos hace llorar. Así, cuando alguien te dice que una canción triste le recuerda a ti… Es como escuchar la melodía de tu vida, la explicación de quien eres, la imagen que tienes desde fuera. La imagen que tratabas de ocultar al mundo…

<<Cuando tiemble ponme una manta antes de irte.>>

<<Y vive en un cuento, como dice esta canción. Y cambiará, cuando la vida pase por delante y no la lleve a ninguna parte. Ella cambiará, ella cambiará…>>

El lado bueno

Ver el lado bueno de las cosas es complicado. Para mí, muy complicado.

Una vida se puede dividir en dos grandes grupos o aspectos: las actuaciones y movimientos de la persona, y los pensamientos y la actitud interna de la misma. Los primeros son capaces de cambiar el transcurso de los acontecimientos; pero los segundos no.

Así pues… que me preocupe, que me torture, que no deje de pensar en algo malo que me ha pasado va a hacer que el suceso desaparezca o, de tener solución, que se arregle más rápido? NO. Esta es la frase y la respuesta que hay que meterse en la cabeza.

 

El pasado fin de semana volé a Lisboa. Salí de casa a las 4 de la mañana para llegar a tiempo al aeropuerto, hasta el que pensaba llegar en mi coche (comprado en septiembre y que aun trato como mi bebé). No conté con que a esa hora los cristales estarían helados, así que pasé 20 minutos congelándome y tratando de quitar el hielo con pañuelos. Después, y con los cristales despejados lo justo para poder ver en mi lado del cristal, subí al coche. No arrancaba, la batería se había jodido. Terminé corriendo en la calle desierta, de noche, con una temperatura por debajo de los 0 grados hasta casa, donde entré como alma que lleva al diablo a despertar a mi padre. ¡Llévanos al aeropuerto, rápido, vamos!

Traté de superar aquello: cogí un vuelo y estaba lejos, así que el problema de la batería tendría que esperar. No iba a servir de nada preocuparse.

Llegamos al hotel y nos dejaron pasar, aunque mi nombre no aparecía en ninguna reserva (¡maaal, no entres si no te encuentran!). A la salida, el problema derivó en una hora esperando en la recepción del hotel, además de en unas cuantas llamadas a la web donde hicimos la reserva y a una empresa intermediaria, que gestionaba el proceso entre lo que le pedía la primera y la reserva final del hotel. Hicieron falta cuatro personas y tres idiomas para acabar descubriendo que los papeles que yo llevaba eran inútiles: la empresa intermediaria había hecho la reserva en un hotel distinto. Pagué el coste del alojamiento donde me había quedado dos días sin reserva, y aun sigo luchando para que me devuelvan el pago que había hecho un mes antes por Internet… y que había ido a parar a otro hotel.

Una odisea.

De vuelta de Lisboa, estoy lidiando con los dos problemas como puedo. Coordinando horarios de trabajo con emails de cabreo y visitas a un taller. Me repito que existe un momento para cada cosa, y que la preocupación constante (y el rechinar de dientes nocturno) no hará que un sitio abra antes ni que me respondan un email más rápido.

Coge aire.