Sin auriculares

Cada lunes, millones de personas en todo el mundo se levantan con caras largas. Se duchan con los ojos cerrados, desayunan como un pavo un café aguado, cogen su bolso o maletín y salen disparados hacia la oficina donde pasarán, como mínimo, las próximas 8 horas.

Durante todo ese tiempo que se tira a la basura, es frecuente ver un comportamiento repetido: quienes trabajan directamente con el ordenador, y no con el teléfono u otras personas, viven pegadas a sus auriculares. Hoy en día incluso los hay inalámbricos, para que puedas ir a por agua, a la fotocopiadora o incluso a fumar sin quitártelos para nada. 8 horas de música prácticamente ininterrumpida, zumbando nota con piel en tus tímpanos. ¡Que coñazo!

Cuando salen a la calle cambian sus auriculares grandes por unos más pequeños, de esos que se meten directamente en el agujero de la oreja. Estoy convencida de que algún día la oreja se los tragará, y entonces ellos se quedarán sordos para siempre. Pero… ¿adivinas qué hacen cuando llegan a casa? Se quitan los auriculares, que para entonces son una versión reducida de los iniciales, y ponen la música bien fuerte en su ordenador o tablet. ¡Que se oiga en todas las habitaciones! Y su tiempo de descanso consiste en oír música mientras miran el ordenador. Vaya, ¿eso no era lo que ya habían hecho por la mañana, al mediodía y por la tarde?

No nos dejamos pensar. El silencio nos asusta, y es que nos da mucho miedo quedarnos a solas con lo que dice nuestra cabeza. Música, gente, coches, trenes, niños, perros… Todo sirve, todo llena el mundo de turbios sonidos. La mente se adormece y baila con ellos, como si dejarnos mecer por el paso del tiempo fuera nuestro único objetivo.

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Lágrimas desperdiciadas

Tras una época rara (de autoajuste emocional), es complicado decidir qué lágrimas han sido útiles… y cuáles desperdiciadas. “Volver a las andadas” suele ser sinónimo de que ha habido un sufrimiento inútil de por medio… así que la clave está en “volver a las andadas” pero con una perspectiva nueva. Si el proceso doloroso ha traído pensamientos nuevos, un científico ya lo clasificaría como un tiempo de provecho. Incluso aunque el camino del punto A al punto B pase de puntillas por la B… y regrese sin hacer ruido hasta la base A.

Entonces, ¿qué es lo que tenemos? ¿Horas y horas de sufrimiento inútil, o una fase de dolor necesario y conductor? La elección no es fácil, y puede que peque de querer protegerme a mí misma. No soy buena separando la emoción de la razón… pero lo segundo dice que he vuelto a la casilla de salida con argumentos nuevos en los bolsillos.

¿Qué habrá sido de todo ese agua? ¿Habrá acabado en un pantano verde, o en un mar cristalino?

Bomba a estallar

Una persona que se siente sola, pero sobretodo que se siente falta de afecto, es como una bomba a punto de estallar. ¡Puede arrasar con todo en un segundo!

Nadie debe acercarse a una bomba que hace “pi-pi-pi-pi” a gran rapidez. Quizá sólo pasabas por allí en un mal momento, pero ya te la has comido. Una bomba con prisas no entiende de justicia, y bien seguro que pagarán justos por pecadores. Una bomba que se ha puesto en marcha solo busca destrucción por destrucción, y se llevará por delante todo este lado del río. No habrá supervivientes.

Alejaos de la bomba, cambiad de ciudad y, si podéis, hacedlo también de país. Aunque.. aunque ahora que lo pienso, hay algo que nadie sabe sobre los artefactos explosivos. Y es que solo explotan cuando hay alguien para verlo.

Pi-pi-pi-pi… es una latencia indefinida. No le importa hacerse esperar, lo importante es saborear con calma el desastre que está por llegar.

Gafe(s)

Hay momentos en la vida en que todo va por ti. Concretamente, todo lo malo va por ti. Tienes problemas en todos los ámbitos posibles, tienes gastos extra que te joden el mes, estás enfermo y desganado, piensas que eres la persona más gafe de la historia. Quizá, quien sabe, el dramatismo te lleva a pensar que jamás saldrás de esta, que morirás enfermo y triste y solo y jodido. Que casi mejor que mueras pronto, porque total, para lo que hay…

Pero entonces… Sólo has de probar aquella cosa extraña de escuchar a los demás. Si dejas de mirarte el ombligo descubres que hay tantíiiisima gente jodida a tu alrededor… Unos se quejan más, otros menos; pero si prestas atención, al final te acabas enterando de todo. Este se ha dejado una pasta en médicos que no le han solucionado nada. Aquel ha tenido dos accidentes en una semana. El otro, dos lesiones graves en un mes. Uno tiene una muela rota. Otro está en una relación tóxica. Otro se ha dejado un dineral en arreglar el coche. A otro le hacen la vida imposible en el trabajo. Y otros tantos están perdidos en la vida…

Como tú, vaya.

Pero se lleva mejor estar jodido cuando asumes que no eres el único. Es el puto universo el que está roto.

5 líneas, 36 líneas

Cuando estás realmente jodido es cuando te resignas, y cuando acudes al remedio más fácil. Sabes que la gente hace listas de “pros” y “contras” cada dos por tres y para todo, pero tú crees que son una soberana tontería. Al final, en estas listas sólo vas a apuntar aquellas cosas que ya sabes, ¿no?

Ahora bien, el truco está en el hecho de apuntarlas. En nuestra cabeza son solo ideas dispersas, y puede parecer que todas valen igual. Una cosa buena compensa una cosa mala, ¿verdad? Tiene sentido que sea así. Pero hay algo que la mente no sabe sobre las ideas dispersas, y es que una cosa vale 4… y otra 40.

Decidí que había llegado el momento de hacer una lista del problema. En la parte superior del folio puse el título del asunto, no muy grande, para no convertirlo en algo excesivo, pero sí marcado y destacado con un rectángulo rápido. Que la hoja note que esto me importa, pero sin tomármelo demasiado en serio. Al final, solo va a ser una penosa lista de “pros” y “contras”.

Debajo del título pongo un “1. Bueno”, porque cuando me hablan de “pros” y “contras” siempre me hago un lío. Si la intención de esto es facilitar las cosas, parece absurdo que los títulos ya sean confusos. La cuestión es que empiezo a escribir varios guiones debajo del número 1, y en poco rato saco de mi mente varios conceptos buenos del problema. Son ideas claras, concisas y fuertes: uno o dos palabras bastan para entender todo lo que implica cada guión.

Reprimiendo las sacudidas, doy la vuelta a la hoja. Escribo “2. Malo” en la parte superior: queda claro lo que voy a poner debajo.

Por segunda vez y sin mucho esfuerzo, vomito sobre el folio los pensamientos sobre el asunto que me preocupa. En este caso mi mano se ve obligada a escribir frases más largas, a aclarar y matizar cada concepto para que sea cierto, pero no exagerado. Es como si yo misma me diera explicaciones, tomando cada idea difusa de mi cabeza y tejiendo un complejo hilo con ella. Cuando termino, cada guión tiene 3 o más líneas de extensión y ocupa prácticamente toda la parte de atrás de este papel.

Vuelvo a girar el folio, y miro fijamente ese rectángulo mal hecho que contiene el nombre iniciador del conflicto. Lo veo con solo observar el rectángulo: en esta cara solo hay 5 potentes líneas.

El paseo consciente

¿Cuántas veces pasamos por los mismos sitios sin saber cómo se llaman las calles, qué tiendas hay o si mucha o poca gente caminaba por ellas? Unas veces porque teníamos prisa, otras porque íbamos hablando con alguien (de verdad o por el móvil) y el paisaje era secundario, otras simplemente porque estábamos más dentro que fuera de nuestra cabeza.

El paseo consciente es aquel en el que sabes cada paso que das, y en el que observas realmente lo que te rodea. Lees el  nombre que hay en cada esquina; incluso aunque luego vayas por tantos sitios que no seas capaz de recordarlos. En el paseo consciente sabes cuántas plazas has atravesado, y haces el recuento de las tiendas y restaurantes que quieres visitar en un futuro. Notas la energía cambiante entre las calles con bares y las residenciales, das forma a ese río de personas que se agrupan y separan en cuestión de pocos metros.

En el paseo consciente siempre hay tiempo para descubrir algo; tal vez una pequeña fiesta del cine en la calle. También hay tiempo para obstaculizar el paso a quienes, igual que tú haces el 99% de las veces, va con prisas y se molesta por el escaso ritmo de los demás. Hay tiempo para entrar en tiendas y observarlo todo con un detenimiento que roza lo sospechoso, y también para escoger algo entre un centenar de panaderías, heladerías, empanaderías y tiendas de dorayakis… de gorgonzola y nueces. El ganador estaba claro.

Una lástima, con todo esto, que los paseos conscientes solo se den por motivos oscuros.

Se sabe

Hay veces en que, simplemente, se sabe. A la mierda los gestos zen, al traste con toda la intención de girar cada pensamiento negativo tal y como empieza a componer su forma. Al demonio con la filosofía del egocentrismo y del estoy bien.

Hay veces en que se sabe que va a tocar pasar una mala noche. Es como cuando notas que “estás incubando” un gripazo, y que tarde o temprano te tocará afrontar ese par de días de mierda metido en la cama. Lo ves venir y puedes tomártelo de dos formas: esperar a que llegue y afrontarlo, o anticiparte y hundirte durante el día de antes, los del durante y el de después.

Abraza tu mierda. Sabes que está ahí, que te la han lanzado a 100 kilómetros por hora y que ha de llegar a estamparse contra tu cara. Abrázala, ya viene de camino, no puedes evitarla. Abrázala y ella notará que la estás aceptando, que no has reaccionado retorciéndote del asco tal y como ella quería. Abrázala y cuando se canse, se irá.

Ponte un pijama grueso, busca uno que evite los escalofríos. Coge un libro que no te interese mucho y espera.